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Ni siquiera el espejo recordándome que no he ido a depilarme la ceja y que casi parezco un mono pudo empañar un mínimo la felicidad que siento hoy al terminar mi día.

Termino cansada y justo ahora que mis piernas descansan relajadas en la cama recuerdo a mi terapeuta Luis y las friegas brutas que me está poniendo. De Cuba llegué con más condición obviamente pero no significa que ya no me canse y que mis músculos no trabajen.

La razón que me tiene tan feliz es compartir. Compartir me da una satisfacción que no puedo explicar.

Siempre me ha gustado prestar libros. Cuando estudiaba en Alemania me prestaban libros y yo aceptaba feliz, pues allá no tenía. Me rodeaba de gente que amaba la lectura así que libros no me faltaron, con el paso del tiempo fui acumulando, tanto que en el aeropuerto tuve otras anécdotas.

A Cuba sí me lleve libros pues sabía que tendría tiempo libre y que no habría quien me prestara, leí mucho en 2 meses, regalé varios y presté muchos. Un libro de 680 páginas fue el más exitoso, lo leí yo, una doctora y una terapeuta , en ese orden... y ya lo presté aquí.

Desde Cuba tengo esa inquietud, compartir tesoros, así que puse una biblioteca en mi lugar de trabajo en la oficina y mandé un comunicado. Por un momento dije: ai caro tan ingenua, nadie vendrá a solicitar tus libros pero cual no fue mi sorpresa en que el primer día ya presté dos libros. En fin, esa es la felicidad que me ataca el día de hoy y con la que me voy a dormir.

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